Patrimonio y Patrimonio cultural

De manera general el Patrimonio según la RAE es: “un conjunto de bienes susceptibles de valoración económica y que pertenecen a una persona natural o jurídica”.

Por su parte el Patrimonio Histórico, hace referencia a las riquezas con valor artístico de una nación y que necesitan protección. Término cuyo significado se ha ampliado al de “Patrimonio Cultural”. Ya que no todos los tesoros son históricos (arte contemporáneo), ni todos son materiales (intangibles), ni remiten a valores de una sola comunidad, sino que son universales.

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El Patrimonio se divide en dos grandes grupos:

  • El patrimonio tangible, del que forman parte los bienes muebles e inmuebles.
  • El patrimonio intangible, conformado por las tradiciones orales, los espectáculos, los usos sociales, los rituales, las festividades,….

El valor del Patrimonio

Tras saber a qué nos referimos bajo el término de patrimonio, entra en juego el concepto de “valor” que puede ser:

  • De uso o instrumental. Deriva de la función para la que los bienes fueron creados, así como del coleccionismo o del interés por adquirir conocimientos u otros aspectos en su identificación. Lo que se viene denominando “Utilidad”, es decir, un valor añadido del objeto que incorpora creación e investigación junto a utilidad.
  • Forma.
  • Simbólico o comunicativo. Deriva de su inclusión en un museo, al considerar que el objeto puede transmitir información. En la valoración de los bienes culturales intervienen numerosos aspectos, siendo, en parte responsabilidad de la sociedad y de los interlocutores sociales (políticos y gestores). Se debe afrontar desde principios económicos y sociales, enfrentándose tanto a las disposiciones del mercado, como a la necesidad de disponer fondos públicos para su mantenimiento y gestión.

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La musealización: clave para la conservación del Patrimonio

Aclaradas estas ideas es cuando entra en juego la musealización de los bienes culturales, siendo el museo el lugar en que se ponen en valor.

Lo “museal” y la “musealidad” teniendo en cuenta las cualidades intangibles del objeto, le confieren un valor inmaterial y le permiten captar y documentar el mundo real para convertirlo en otra realidad dentro del contexto museológico. Momento en el que entra en escena la práctica de la musealización. Los objetos tienen memoria que se estructura con la combinación de varios factores: datos culturales, contexto físico, condicionantes sociales, circunstancias históricas… Suelen necesitar ser explicados debido a que los conceptos con los que se originaron no han pervivido o lo han hecho con un significado diferente. La fórmula para traducirlos a un lenguaje comprensible para todo tipo de público, pasa por la musealización.

Para que una pieza se pueda integrar en un museo y se convierta en “museal” existen tres dimensiones:

  • La de su existencia física, material y tangible;
  • La que cobra el objeto, separado de su propio contexto, cuando es colocado en el museo y pierde su funcionalidad primigenia; y
  • La que le otorga la interpretación y valoración personal de quien lo contempla, entrando en juego la subjetividad.

La gestión de los bienes culturales

Tras la musealización, se debe hacer frente a la gestión de los bienes culturales que no se limita a facilitar la comprensión de los mismos, sino que implica un conjunto de actividades para hacer efectivo el conocimiento y la conservación de los bienes.

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En las labores públicas de gestión del Patrimonio, para un uso y disfrute por parte de los ciudadanos, se distinguen tres actuaciones que deben realizarse de manera sucesiva:

La planificación. Desde la elaboración de una normativa adecuada, concebida como una herramienta de trabajo, hasta la previsión financiera de los gastos, pasando por la evaluación de impacto ambiental, la elaboración de inventarios, la previsión del tipo de intervenciones a realizar y las condiciones que han de cumplir, el diseño y realización de los medios para la difusión de los resultados…

El control. Para impedir que se pierdan o se destruyan los bienes. Se pretende evitar el “expolio” (toda acción y omisión que ponga en peligro de pérdida o destrucción alguno de los bienes del patrimonio). Su mayor control se lleva a cabo en la represión del comercio ilícito de bienes culturales. Pero la mejor arma para combatirlo es la educación. El control debe conseguir que los bienes sean disfrutados por la ciudadanía.

La difusión. El medio más usado ha sido el directo, exponiendo los bienes en diferentes espacios: museos, centros de interpretación, exposiciones temporales…). Debido a la gran importancia y trascendencia que tiene se han utilizado otros medios para llevarla a cabo: el cine, la televisión, Internet, blogs, revistas… Teniendo en cuenta dos orientaciones:

  • La difusión de los resultados de las investigaciones, de los propios bienes, de su historia, sus características, por medio de enciclopedias de historia del arte.
  • La difusión de aspectos relacionados con su protección, gestión o administración con libros de normativas.

El principal objetivo de la difusión es que la población tome conciencia de que el patrimonio cultural está formado por bienes únicos, no renovables de los que la sociedad tiene la posibilidad de aprovecharse, cultural y económicamente, por ello debe valorarse, musealizarse, gestionarse y sobre todo utilizarse.