2020 era un año que aparecía risueño en el horizonte, al menos en el de la música y el de los festivales, que es casi como decir que era el horizonte de los veranos, las vacaciones y el buen tiempo.

Antes de que nuestras vidas se convirtieran en una película desechada mil veces por inverosímil, 2020 se había convertido en el hashtag perfecto para recordar a través de #Beethoven2020 que se cumplían 250 años del nacimiento del genial músico alemán.

Parecía que toda clase de conciertos y homenajes tendrían a Beethoven como protagonista cuando aún no sabíamos que por culpa del Covid-19, la música en directo se iba a convertir en un denodado esfuerzo de músicos de cualquier género interpretando las obras o canciones desde sus casas y unidos todos en imposibles mosaicos en una pantalla.

Ya sí. Ya casi casi podemos decir que estamos a punto de comenzar el Festival Internacional de Música y Danza de Granada en su edición número 69. Ha sido una primavera que nadie hubiera podido imaginar, y para los organizadores de eventos de tal magnitud, mucho menos. Ha habido que hacer cambios y reestructuraciones, pensar en los espacios y en como podremos redistribuirnos sin rozarnos y manteniendo las distancias. Cuando comiencen los primeros espectáculos podremos experimentar si el bálsamo que todo lo cura, que es la música, es capaz de abstraernos del roce de la mascarilla o del sentirnos un poco solos, a dos metros del ser humano más próximo.

Este año se nos aparece Beethoven. Quizá haya sido casualidad que el año que nos ha obligado a confinarnos y a aislarnos mirando hacia nosotros mismos como pocas veces antes sea el del gran músico de Bonn, el genio de la soledad y el aislamiento, al menos sensorial.

Tenemos este año, en 2020, la inmensa suerte de celebrar que hace 250 años nació en Bonn Ludwig van Beethoven, un compositor que vino a poner del revés la manera de hacer música, de comprenderla, y también de difundirla.

Beethoven en Granada, Granada y Beethoven. Más de dos mil kilómetros nos separan, pero sólo en apariencia. Quizás haya más concomitancias de las que aparecen a simple vista. Es en este momento cuando en el firmamento musical se ilumina el nombre de Miguel Ríos y entonces se obra el milagro.

Granada, 7 de junio de 1944. Nace Miguel y se cría en el castizo barrio de Cartuja, pero la magia se obra en unos almacenes del centro de la ciudad donde el que iba a ser Mike Ríos, al menos durante unos años, comienza a trabajar como dependiente, y donde entra en contacto con el rock and roll en torno a la que imagino, modesta sección de discos del establecimiento. Sus primeros años de despegue musical giran en torno al twist. Miguel consigue dar el salto a Madrid donde comienza desde muy temprano a grabar con sellos importantes como Polygram o Philips, hace incusrsiones en el cine y se le incluye en la programación de la Matinales del Price en el Circo Price los sábados por la mañana en galas de música juvenil, pero es en 1969 cuando realmente la carrera de Miguel Ríos da un giro sustancial que viene a influir de manera importantísima en la música del siglo XX. En ese año, 1969, Miguel publica “El Himno a la Alegría”, una adaptación del cuarto movimiento de la novena sinfonía de Ludwig van Beethoven, dirigida por Waldo de los Ríos, compositor de origen argentino que también realizó adaptaciones de Mozart o de Dvorâk.

Ahí nace la primera y más importante conexión de Granada con Beethoven: la voz prodigiosa de Miguel Ríos fue el altavoz perfecto para una música bellísima, la Novena Sinfonía de Beethoven en su cuarto movimiento, musicalizando en gran parte la Oda a la Alegría del poeta alemán Friedrich Schiller.

De la adaptación se vendieron siete millones de copias en todo el mundo, alcanzando los primeros puestos en las listas de éxitos en Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania, Japón, Suecia, Italia, Austria o Canadá. Uno de los grandes hitos musicales de todos los tiempos que se extendió, como nunca entonces, difundiendo y haciendo popular lo hasta entonces reservado a las élites intelectuales.

En 2019 se celebraron los 50 años de esta adaptación y este año 2020 se cumplen 50 años de la primera emisión en televisión del joven Miguel cantando al mundo el gozo de vivir y de ser hermanos. Para ser exactos el programa se emitió en la Nochevieja de 1969, así que debió ser una de las primeras canciones en ser escuchadas en 1970.

 

Beethoven, puro rocanrol a caballo entre el XVIII y el XIX, y Miguel, valedor de los primeros grandes conciertos en nuestro país, innovador, visionario y principal eslabón entre Beethoven y el mundo. Dos fuerzas de la naturaleza que han puesto la banda sonora a tantos momentos trascendentales en la historia del mundo contemporáneo y a quienes tanto hay que agradecer.

Pero también hay más granadinos que se enamoraron de Beethoven sin remedio.

El dueño de la frase “Ante todo soy músico” en 1933, no proviene de alguien a quien lo consideremos como tal, sino del propio Federico García Lorca. El poeta había recibido desde pequeño una esmerada formación musical. Tanto él como su hermana Concha asistían a las lecciones de Antonio Segura Mesa, un compositor modesto pero que dejó una honda huella en Federico. La anécdota de la conexión con Beethoven surge en la tertulia de El Rinconcillo donde al parecer Federico era el único músico. Interpretando una sonata de Beethoven sería como lo conocería Fernando de los Ríos, dando comienzo a una fecunda relación.

Que Lorca era un profundo enamorado de Beethoven nos queda patente en uno de los más emocionantes pasajes de “Impresiones y Paisajes”, el libro donde la decisión de ser escritor ya se confirma, pero donde la música sigue sonando en un párrafo estremecedor:

* “Le nombré a Beethoven, y sonó a cosa nueva en sus oídos el apellido inmortal. Entonces yo le dije: “Soy muy mal músico y no sé si me acordaré de algún trozo de música, de esa que usted no conoce, pero sin embargo, vamos al órgano a ver si recuerdo...” Atravesamos la iglesia solitaria, subimos unas escaleras estrechas y polvorientas y entramos en el recinto del órgano […] Después, yo me senté en el órgano. Allí estaban los teclados místicos con pátina amarillenta, filas de pajes del ensueño que despiertan a los sonidos. Allí estaban los registros para formar las divinas agrupaciones de voces. El monje inflaba los fuelles... Entonces vino a mi memoria esa obra de dolor extrahumano, esa lamentación de amor patético que se llama allegretto de la séptima sinfonía. Di el primer acorde y entré en el hipo constante de su ritmo angustiante y de pesadilla”.

Muchos años más tarde, en 2010, el gran Enrique Morente también encontró en la Sonata “Claro de Luna” el entorno perfecto para ponerle letra, cantarla y lanzar “Alegato contra las armas”.

Que Granada ha tenido y tiene, un aura profundamente musical no deja de sorprendernos por mucho que lo tengamos naturalizado, desde el propio Manuel de Falla hasta los mismos Planetas. Esta vez Beethoven es la causa, pero siempre hay miles de conexiones entre lugares, músicos e historias que tejen la propia historia de la ciudad.

El Festival Internacional de Música y Danza de Granada dedica este año buena parte de su programa al compositor alemán, y esta pequeña reflexión pretende añadir un testimonio más a la vinculación entre Beethoven y la ciudad de nuestro querido festival. Que nada nos robe la alegría, que la música sea ese motivo de unión del andamos tan necesitados.

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* García Lorca, Federico, Impresiones y Paisajes, ed. de Jesús Ortega y Víctor Fernández, Biblioteca Nueva, Madrid, 2018, pp. 101-102.


Artículo de Carmen Robles

Festival Internacional de Música y Danza de Granadagranadafestival.org