Durante mucho tiempo, la cultura ha sido considerada una política pública vinculada al ocio, al patrimonio, la educación o el desarrollo económico. Los museos, bibliotecas, teatros, festivales y centros culturales se concebían como espacios destinados al disfrute, la formación o la conservación de la memoria colectiva.
La cultura, un factor determinante para la salud y el bienestar de las personas
Sin embargo, en los últimos años se está produciendo un cambio de enorme trascendencia: la cultura comienza a ser reconocida también como un factor determinante para la salud y el bienestar de las personas. No se trata únicamente de una intuición compartida por artistas o gestores culturales. Hoy existe una base científica e institucional cada vez más sólida que demuestra que la participación cultural tiene efectos positivos sobre la salud física, mental y social. Este cambio de paradigma está transformando las políticas públicas en numerosos países y abre un nuevo horizonte para la gestión cultural, situándose en el centro de algunas de las principales estrategias de bienestar del siglo XXI.
Uno de los hitos más importantes de este proceso se produjo cuando la Organización Mundial de la Salud comenzó a sistematizar la evidencia científica existente sobre la relación entre arte y salud. El conocido informe de la Oficina Regional para Europa de la OMS, basado en más de novecientas publicaciones científicas, concluyó que la participación en actividades culturales puede contribuir a prevenir enfermedades, mejorar la salud mental, favorecer la recuperación clínica y aumentar el bienestar general de la población. Entre las actividades analizadas se incluyen la música, el teatro, la danza, la literatura, las artes visuales, la asistencia a museos, conciertos y exposiciones, así como otras formas de participación cultural activa y pasiva.
La participación cultural en el diseño de políticas públicas de salud
Lo verdaderamente novedoso es que estas conclusiones han dejado de ser exclusivamente académicas para incorporarse progresivamente al diseño de políticas públicas. En mayo de 2025, durante la 78.ª Asamblea Mundial de la Salud, la Organización Mundial de la Salud dio un paso especialmente significativo al reconocer la conexión social como una prioridad sanitaria mundial. La resolución identifica la soledad y el aislamiento social como factores de riesgo para la salud e invita expresamente a los Estados a fortalecer la colaboración entre los sectores de la cultura y la salud para promover la inclusión y la cohesión social.
La importancia de este reconocimiento es enorme porque sitúa la participación cultural no como una actividad complementaria, sino como un elemento que contribuye directamente a mejorar las condiciones de salud de las personas.
En paralelo, la Unión Europea también ha comenzado a incorporar esta visión en sus documentos estratégicos. La Comunicación de la Comisión Europea sobre el Enfoque Integral de la Salud Mental, las Conclusiones del Consejo sobre salud mental y bienestar, los trabajos desarrollados mediante el Método Abierto de Coordinación sobre Cultura y Salud y las iniciativas impulsadas por organizaciones como Culture Action Europe muestran una tendencia cada vez más clara: la cultura deja de entenderse únicamente como un bien simbólico para ser reconocida como un activo capaz de generar bienestar individual y cohesión social.
Este cambio responde, además, a una evolución del propio concepto de salud. Desde 1948, la Organización Mundial de la Salud define la salud como un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no únicamente como la ausencia de enfermedad. Si aceptamos esta definición, resulta lógico comprender que la salud depende también de factores relacionados con la creatividad, la participación, la convivencia, la identidad o el acceso a experiencias culturales significativas. La cultura deja así de situarse en los márgenes del sistema sanitario para convertirse en uno de sus posibles aliados. La evidencia disponible confirma esta relación con numerosos estudios que han demostrado que la participación en actividades culturales contribuye a disminuir los niveles de ansiedad y depresión, favorece la autoestima, fortalece las capacidades cognitivas, mejora la memoria, incrementa la resiliencia emocional y combate uno de los grandes problemas de las sociedades contemporáneas: la soledad. Incluso investigaciones realizadas con decenas de miles de personas han observado una relación positiva entre la participación cultural, la satisfacción vital, la percepción subjetiva de buena salud y la longevidad.
No resulta casual que muchas de estas investigaciones hayan cobrado especial protagonismo tras la pandemia de COVID-19. El confinamiento puso de manifiesto hasta qué punto la cultura actuó como un auténtico soporte emocional para millones de personas. La lectura, la música, el cine, el teatro, las visitas virtuales a museos o las actividades creativas desarrolladas desde los hogares permitieron mantener vínculos sociales, reducir el aislamiento y afrontar emocionalmente una situación sin precedentes. Paralelamente, diversos estudios alertaron del incremento de los problemas relacionados con la ansiedad, la depresión, el estrés postraumático y la soledad, especialmente entre jóvenes y profesionales sanitarios. La pregunta dejó entonces de ser si la cultura era importante para la salud y pasó a formularse de otro modo: ¿cómo integrar la cultura dentro de las políticas de bienestar?
Integración de la cultura en políticas de bienestar
La respuesta está comenzando a construirse a través de iniciativas muy diversas. Los hospitales incorporan programas de musicoterapia, intervenciones artísticas, talleres de creatividad o actuaciones escénicas dirigidas a pacientes y familiares. Los museos desarrollan actividades específicas para personas con enfermedades neurodegenerativas. La arteterapia se consolida como disciplina profesional en numerosos entornos clínicos y educativos. Programas como CuidArt, desarrollado en el Hospital de Dénia Marina Salud, utilizan la creación artística para humanizar los espacios hospitalarios y favorecer el bienestar emocional de pacientes y profesionales. Al mismo tiempo, iniciativas como ImproAsistencia, Payasos de Hospital o los proyectos impulsados por universidades y facultades de Bellas Artes muestran cómo la colaboración entre artistas y profesionales sanitarios puede mejorar significativamente la experiencia hospitalaria.
Más allá de los hospitales, la cultura actúa también sobre los llamados determinantes sociales de la salud. La participación en actividades culturales favorece la creación de redes sociales, fortalece el sentimiento de pertenencia, combate el aislamiento, estimula la creatividad y promueve la participación activa en la vida comunitaria. Bibliotecas, centros culturales, escuelas de música, talleres artísticos, festivales o proyectos de patrimonio dejan así de ser únicamente espacios de programación cultural para convertirse en infraestructuras de bienestar colectivo.
El papel de los/as profesionales de la gestión cultural
Todo ello obliga a replantear también el papel de las y los profesionales de la gestión cultural, así como el de los proyectos culturales para la salud y el bienestar. Diseñar un proyecto cultural ya no consiste únicamente en organizar actividades atractivas para el público. Implica comprender cómo una experiencia artística puede contribuir a mejorar la calidad de vida de una comunidad, reducir situaciones de vulnerabilidad, favorecer la inclusión social o fortalecer la salud emocional de determinados colectivos. El gestor cultural comienza a trabajar de manera cada vez más estrecha con profesionales de la educación, los servicios sociales, la psicología o la medicina, construyendo proyectos interdisciplinares donde el valor de la cultura trasciende el ámbito estrictamente artístico.
Este nuevo paradigma abre además importantes oportunidades para el futuro. Si las políticas públicas reconocen progresivamente la capacidad de la cultura para mejorar la salud y el bienestar, los proyectos culturales dejarán de financiarse exclusivamente desde los departamentos de cultura para integrarse también en estrategias sanitarias, sociales y educativas. La cultura podrá acceder a nuevas formas de financiación, establecer alianzas con hospitales, centros de salud, residencias, universidades y entidades sociales, y desarrollar modelos innovadores de intervención centrados en las personas. La verdadera revolución no consiste únicamente en incorporar actividades artísticas a los hospitales o en organizar conciertos para pacientes. El cambio profundo reside en comprender que la cultura constituye un determinante del bienestar humano. Participar en una actividad cultural, leer un libro, visitar un museo, cantar en un coro, formar parte de un grupo de teatro o asistir a un festival no solo produce disfrute estético; también fortalece la autoestima, estimula las capacidades cognitivas, genera relaciones sociales y contribuye a construir vidas más saludables.
Quizá durante demasiado tiempo hemos entendido la cultura como un lujo que las sociedades disfrutan cuando todas las demás necesidades están cubiertas. La evidencia científica y las nuevas políticas internacionales están demostrando precisamente lo contrario. La cultura no aparece después del bienestar; forma parte de las condiciones que lo hacen posible. Por eso, el futuro de las políticas públicas probablemente no consista únicamente en acercar la cultura a la ciudadanía, sino también en acercar la cultura a los sistemas de salud. En esa alianza entre creatividad, participación, patrimonio y bienestar puede encontrarse una de las transformaciones más prometedoras para las próximas décadas.
Fotografía de portada: Nano Erdozain




