Cuando pensamos en la gestión cultural imaginamos festivales con una variada programación, exposiciones impactantes, conciertos increíbles, programas educativos que enganchan, museos experienciales, bibliotecas vivas o proyectos patrimoniales que conectan con el pasado.
Lo que frecuentemente no tenemos en cuenta es que a menudo detrás de cada una de esas iniciativas existe una cadena de decisiones que afectan directamente a las personas que forman parte de una u otra forma del proyecto, a las comunidades y a la forma en que entendemos la cultura como bien público.
Gestionar iniciativas culturales va más allá de organizar actividades; significa decidir qué proyectos se apoyan, qué patrimonio se conserva, qué artistas participan, cómo se distribuyen los recursos, quién puede acceder a la cultura y qué impacto queremos generar en la sociedad.
Precisamente por ello, la ética ha dejado de ser una cuestión exclusivamente filosófica para convertirse en una de las competencias profesionales más importantes de cualquier gestor cultural, para poder incorporar en los proyectos.
Ética y Gestión Cultural
Durante décadas, la gestión cultural estuvo muy vinculada a la organización de eventos, la gestión de presupuestos y la programación de actividades culturales de diversa índole. El éxito de un proyecto se mide mediante indicadores relativamente sencillos: número de asistentes, impacto mediático, equilibrio presupuestario o grado de ejecución. Hoy dichos indicadores siguen siendo importantes, pero ya no son suficientes, porque la sociedad exige que los proyectos culturales generen también valor social, favorezcan la inclusión, respeten la diversidad, contribuyan al desarrollo sostenible y respondan a las necesidades reales de los territorios donde se desarrollan. En otras palabras, la pregunta ya no es únicamente qué proyecto vamos a hacer, sino para quién, con quién y con qué consecuencias, y aquí la ética y los valores que encarna son esenciales.
Esta transformación del liderazgo de proyectos con valores, no es exclusiva del ámbito cultural pero sí ha llegado con mayor intensidad en los últimos años, con conceptos como responsabilidad social, sostenibilidad, buen gobierno, transparencia o participación ciudadana, que han pasado a ocupar un lugar central en la gestión de organizaciones públicas y privadas. La cultura no podía permanecer al margen de esta evolución. Al contrario, probablemente sea uno de los sectores donde estas cuestiones adquieren mayor relevancia, porque trabaja directamente con valores, identidades, patrimonio, memoria colectiva y convivencia. Cada decisión cultural posee una dimensión ética y programar un festival significa decidir qué artistas tendrán visibilidad y cuáles no. Organizar una exposición implica seleccionar determinados relatos históricos y dejar otros fuera. Restaurar un bien patrimonial obliga a establecer prioridades sobre aquello que merece conservarse. Diseñar un programa educativo supone elegir qué valores queremos transmitir a las nuevas generaciones. Ninguna de estas decisiones es completamente neutral. Por ello, las personas que se dediquen a la gestión cultural tienen que desarrollar una capacidad que rara vez aparece en los manuales técnicos y que en el Instituto de Gestión Cultural y Artística si trabajamos, la capacidad de deliberar éticamente antes de actuar.
Ética y deontología en la Gestión Cultural
La filosofía lleva siglos reflexionando sobre estas cuestiones, desde las teorías de los derechos, el utilitarismo o las teorías de la justicia se ofrecen perspectivas diferentes para afrontar los dilemas morales. Sin embargo, la gestión cultural contemporánea ha encontrado una herramienta especialmente útil en el concepto de grupos de interés (stakeholders). Esta perspectiva propone que una organización responsable no debe pensar únicamente en sus objetivos internos, sino también en todas aquellas personas y colectivos que pueden verse afectados por sus decisiones: artistas, trabajadores, administraciones públicas, patrocinadores, asociaciones culturales, empresas colaboradoras, medios de comunicación y, sobre todo, la ciudadanía. Esta manera de entender la gestión cambia completamente la profesión, puesto que la profesión de gestión cultural deja de ser únicamente un organizador para convertirse en un mediador entre intereses distintos, muchas veces incluso contrapuestos.
Pensemos, por ejemplo, en un festival organizado en el centro histórico de una ciudad. El evento puede atraer miles de visitantes, dinamizar la economía local y mejorar la imagen turística del municipio. Sin embargo, también puede generar molestias para los vecinos, incrementar los precios del alojamiento, producir residuos o afectar a espacios patrimoniales sensibles. ¿Cómo encontrar el equilibrio entre desarrollo económico, conservación del patrimonio, bienestar vecinal y acceso a la cultura? No existe una respuesta única. Precisamente ahí comienza el trabajo ético del gestor cultural. A estos desafíos tradicionales se añade ahora uno completamente nuevo, la inteligencia artificial que tantos quebraderos de cabeza está causando a las instituciones culturales.
Las herramientas basadas en IA ya permiten redactar proyectos, elaborar presupuestos, diseñar campañas de comunicación, generar imágenes promocionales, traducir contenidos, analizar públicos e incluso proponer programaciones culturales. Todo ello aumentará extraordinariamente la productividad de las organizaciones culturales. Sin embargo, también plantea preguntas que hace apenas unos años ni siquiera existían. ¿Debe informarse al público cuando una campaña ha sido generada mediante inteligencia artificial? ¿Cómo proteger los derechos de autor en un entorno donde las máquinas producen contenidos de forma automática? ¿Es ético utilizar algoritmos para seleccionar artistas o priorizar proyectos? ¿Qué ocurre si los sistemas de recomendación invisibilizan determinadas expresiones culturales porque generan menos interacción digital?
La tecnología no elimina la necesidad de la ética; la hace todavía más necesaria, porque muchas tareas serán automatizadas, el valor diferencial del gestor cultural residirá cada vez más en aquellas capacidades que ninguna máquina puede sustituir completamente: el juicio crítico, la empatía, la negociación, la interpretación del contexto, la construcción de consensos y la capacidad para comprender las necesidades humanas.
La Gestión Cultural como profesión multidisciplinar
La gestión cultural del futuro será profundamente interdisciplinar. Los profesionales deberán dialogar con arquitectos, educadores, psicólogos, urbanistas, economistas, trabajadores sociales, especialistas en turismo, científicos de datos e ingenieros y es aquí donde la ética actuará como el lenguaje común que permita orientar las decisiones hacia el interés general. Todo ello exige una actualización permanente de competencias. Durante mucho tiempo bastaba con dominar aspectos relacionados con la programación cultural, la legislación, los presupuestos o la producción de eventos. Hoy resulta imprescindible incorporar conocimientos sobre sostenibilidad, accesibilidad universal, igualdad de oportunidades, participación ciudadana, evaluación del impacto social, inteligencia artificial, comunicación digital y gobernanza colaborativa.
La profesión de la gestión cultural ya no administra únicamente recursos; gestiona confianza, que constituye probablemente el recurso más valioso de cualquier organización cultural.
Las instituciones culturales sobreviven porque la sociedad confía en ellas. Confía en que gestionarán correctamente el patrimonio, utilizarán responsablemente los recursos públicos, favorecerán el acceso universal a la cultura, actuarán con transparencia y contribuirán al desarrollo colectivo. Cuando esa confianza desaparece, ningún presupuesto ni ninguna campaña de comunicación pueden sustituirla. Por este motivo, la ética no debe entenderse como un conjunto de normas que limitan la creatividad o ralentizan los proyectos. Al contrario, constituye el marco que permite que la innovación sea sostenible, que las decisiones sean legítimas y que la cultura continúe siendo un espacio de encuentro, diálogo y transformación social.
Si estás pensando en dedicarte profesionalmente a la gestión cultural, probablemente pasarás buena parte de tu carrera organizando actividades, redactando proyectos, coordinando equipos o buscando financiación. Todo ello es necesario pero con el paso del tiempo descubrirás que las decisiones más difíciles rara vez son técnicas sino que tienen que ver con la trascendencia de los proyectos y su impacto, con decisiones que obligan a elegir entre intereses legítimos, prioridades diferentes y valores que no siempre resultan compatibles. En este punto es donde comienza realmente la profesión, porque gestionar cultura no consiste únicamente en hacer que las cosas sucedan, consiste en decidir cómo, para quién y con qué propósito deben suceder.
En un mundo marcado por la inteligencia artificial, la transformación digital y los profundos cambios sociales, quizá la competencia más importante del gestor cultural no sea dominar una nueva herramienta tecnológica, sino mantener la capacidad de formular una pregunta que seguirá siendo insustituiblemente humana: ¿estamos haciendo lo correcto, en el lugar correcto y para el público adecuado?
Imagen de portada: Fauxels




